Prólogo Gabriel Paige - Changeling

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Prólogo Gabriel Paige - Changeling

Mensaje  Kvothe el Miér Ene 19, 2011 7:15 am

Gabriel Paige.

Naturaleza: Defensor.
Conducta: Protector. Celebrante.

Pelo: Castaño.
Ojos: Verdes.
Raza: Caucásico.
Altura: 1’70
Peso: 60 kgs


Intro:

Se encendió un cigarrillo y observó el pajarillo que saltando se acercaba hasta la miga
de pan que había caído en el suelo. Sonrió cómplice esperando que el ave cogiera ese
trozo de comida que a sabiendas e instintivamente había dejado caer de sus dedos, a la
espera, divirtiéndose con la mirada curiosa y a la vez agradable que el animal le lanzaba
de hito en hito mientras picoteaba el alimento. El parque, tan cerca de la civilización,
impedía que se alertara demasiado, después de todo, ese gran pulmón que era Central
Park era peligroso según qué horas, pero él estaba cerca de la salida, allí donde había
una garita de vigilancia y donde, si pasaba cualquier cosa que lo alertara, podría intentar
correr de vuelta y buscar un taxi… o ayuda, al menos.

Hacía ya bastante tiempo que se dedicaba a escribir, como una ventana a un mundo
tranquilo donde poder sobrellevar la vida gris a la que le obligaban los llamados adultos.
Su mp3 emitía música que cualquiera podría calificar de alternativa, y sus ropas, pese a
vivir en la ciudad más cosmopolita del mundo, lo hacían sentirse especial, con un toque
propio. Pese a todo, ya en lo que estaba concentrado era en su texto. Había conseguido
dar con uno que le había llamado la atención para ser hilado, y se entregó a ello…

“Imagina que por un momento el mundo de Fantasía siguiera existiendo. Que un
pájaro de los que picotean las migas de pan que hay en algunas plazas conservaran
miles de historias. Que el joven que va con una moto sin silenciador pero con su casco,
es uno de los muchos caballeros sin rey que pueblan ese fantástico mundo… “


Se detuvo unos segundos para aspirar una calada más de su cigarrillo, a sus diecisiete
años, tenía ese aire de soñador que tanto había admirado, también tenía una parte gris y
dolida que era la que le había enseñado el sentirse en cierto modo único, pero era lo de
menos, en esos momentos, estaba creando, y se sentía bien con ello. Miró la hora y tras
sacudirse las migajas de pan que había sobre sus vaqueros y lamentar el susto del pájaro
que salió volando en aquellos momentos, comenzó a caminar, mientras observaba el
parque que dejaba a su espalda, su “pequeño santuario”. Siguió dejando que la música
acariciara su mente, mientras pensaba en la conversación que horas antes había tenido
con Claire, su amiga y seguidora-como lectora- más ferviente. La que lo había obligado
a escribir semanalmente, como mínimo y a colgar textos, así como le daba consejos o
frases sueltas por cada escrito que colgaba en uno de esos blogs que tanto se hacían en
esos tiempos… “la nueva manera de comunicarse y ser oído” oyó a un compañero de
clase en un debate durante la hora de literatura.

Y ya en la parada de metro, trató de continuar con su texto. Un anciano, se le acercó
mientras le hacía el gesto de fumar. Y tomando del bolsillo de su chaqueta de cuero,
sacó uno de esos cigarrillos de liar que se solía hacer a primera hora. Se lo tendió y
reparó en la imagen de quien estaba frente a él: una gabardina sucia y cubierta de grasa,
que estaba aderezada y culminada arriba por una barba mugrienta y larga, aún oscura.
Los ojos de aquel hombre, tenían un brillo extraño, de esos que te hacen preguntarte
si la locura es lo que los hace relampaguear o una vieja verdad ajena al ser humano
por demasiado tiempo… pero que sea como sea, llama la atención y te hace recelar. El
hombre, le estaba sonriendo, y parecía decirle algo mientras señalaba el cuadernillo que
tenía entre sus manos…

Detuvo su música un momento y, amortiguada por los cascos llegó la voz del indigente
con una pregunta: “¿Escritor?” La sonrisa del indigente lo congeló, como si hubiera sido
atravesado con un témpano de hielo, asintió lentamente mientras, apretando con fuerza
el cuaderno contra su pecho, observaba receloso la sonrisa mellada y mal cuidada del
hombre. Su mirada, tenía un brillo que hacía temerlo, un brillo que no podría asegurar
si era locura o maldad, pero que lo estaba poniendo muy nervioso. El indigente dejó de
posar sus ojos en él y miró un poco más allá de su hombro. Segundos después, Gabriel
sintió una mano robusta sobre su hombro que contempló como si hubiera salido de un
extraño letargo. Su dueño, un hombre negro de unos cuarenta años vestido de policía y
con semblante serio preguntó: “¿Todo bien, chaval?” su voz, pese a ser grave como si
saliera de una vasija antigua, lo tranquilizó.

- Si… eh… gracias.

La aparición del hombre había hecho que el indigente se marchara y, cuando aflojó
el gesto serio, dedicó a Gabriel una sonrisa fatigada: “Es mi trabajo…” dijo mientras
volvía a centrar su mirada en las espaldas del indigente que, encorvadas, se iban
alejando a cada paso de este. “No es recomendable que se detenga a estas horas en las
estaciones de metro…” continuó el hombre. “Se arriesga a situaciones como esta.”

Gabriel observó el reloj que había atornillado en la pared de la estación y frunció el
ceño… ¿habían pasado ya tres horas? Las siete y veinte… había dejado ir a su mente,
enajenándose del mundo real…

- Debería tomar la línea 7, lo llevará al centro, y con un poco de suerte podrá volver
desde allí a donde quiera ir en el último metro.

Minutos después, el joven estaba en la estación central esperando el último metro para
volver a Brooklyn. Había dejado de escribir y de nuevo recordaba las últimas palabras
de su amiga: “No puedes vivir eternamente en tu mundo de cuentos, Gabriel, tienes
que madurar.” ¿Cuántas veces había oído esa frase? Casi tantas como había visto que
no encajaba en su alrededor. Pese a no haber sido una discusión lo que había vivido
horas antes con Claire, ese comentario le había dolido. Se suponía que ella era su amiga,
que lo comprendía. Madurar… odiaba ese término. Lo consideraba un sinónimo de
abandonar, olvidar, no soñar… madurar era vivir trabajando por 500 $, habilitando un
apartamento de mierda al que llamar hogar -sin serlo- y aceptando mantener la vida
recomendable por el 99.99999 % de la población. No estaba hecho para ser esa clase
de hormiga, y lo sabia en lo más profundo de su alma… pero estaba claro que tampoco
lo estaba para ser una cigarra, pues no venía de la alta aristocracia neoyorquina, así
que tendría que terminar de aprender a sobrevivir… y quién sabe, quizás, también
conformarse con ser una persona gris de rutinas y falsas esperanzas.
1st Avenue.


“He ido a resolver unos asuntos.
Hazte la cena.
Papá.”

Un post-it amarillo en el frigorífico. Como siempre. Ya ni se acordaba casi del día que
cenaron juntos por última vez en aquella casa, de hecho, creería que vivía solo de no ser
por esas notas en la nevera.

El lugar donde vivía, era una casa que sólo frecuentaba para dormir, comer y encerrarse
en la habitación desde la que tenía acceso a la red, donde custodiaba su música, libros, y
todas esas cosas que un joven con sus inquietudes y vicios pudiera tener. El microondas
sonó en la cocina, y mientras sacaba ardiendo aún un plato precocinado, recordó cuándo
había cambiado todo, pese a que no le gustaba hacerlo.

Mamá, Liza, James, Eric y él volvían de una noche de cine, patatas fritas y
hamburguesa. Eric y él discutían de cuál había sido el mejor personaje, si el bueno o
el malo, y mientras, su madre limpiaba el rostro pringado de ketchup de Liza…el típico
sueño americano hecho realidad en el interior de un coche. Recordaba todavía cómo
Eric había tomado el peluche de su hermana pequeña para molestarla un poco, y cómo
la niña rompió a llorar, recibiendo la reprimenda de su madre y cómo, tras las risas de
uno, el enfado de otra, y el llanto de la niña, giraba un segundo el rostro el padre, con
una mirada que expresaba el próximo y casi asegurado castigo del hermano mayor…
algo ocurrió, y tras el olor a quemado y el caos, silencio, sólo roto por las brasas de un
fuego que sonaba lejano, pero se percibía demasiado cerca…


Volvió de nuevo a la cocina donde el plato ya no humeaba tanto, tomó del frigorífico
una coca-cola y con la comida sobre una bandeja volvió a su pequeño santuario,
mientras trataba de alejar la idea de su madre y su hermana ya no presentes. Y mientras
a ratos trataba de obligarse a comer empezó a escribir en limpio el texto que había
esbozado en el parque y terminado de remodelar en el metro.

Marymount school. 12’00


El timbre sonó dando el aviso para quienes quisieran pasar por el comedor, Gabriel
tomó de manos del cocinero un café, que tras varios cursos de negociar y entablar
conversaciones con los encargados del otro lado de la barra por fin se había ganado,
café de verdad, con cafeína y menos agua del que acostumbraba a servirse.

Habían empezado un nuevo curso, y con él, llegaban nuevos alumnos –con el
consiguiente marcador invisible que rezaba “presa”-, y nuevos bravucones –con otro
para los que ya eran conocidos con el cartel de “depredador”- que buscaban hacerse
un hueco en la jungla que era el patio a esa hora. Se encaminó tratando de ser, cuanto
menos, invisible a los ojos que trataran de etiquetarlo ya hacia “su árbol”. Le había
costado trabajo, pero cuando llegaba allí y se sentaba a tomar el café, ya nadie le
molestaba… aunque aquel día era diferente. Un joven vestido con ropas oscuras
permanecía sentado allí leyendo un libro, ajeno al partido de baloncesto de la cancha
más cercana, las faldas de las chicas que pasaban por allí y el corrillo de chicos que
comenzaban a observarlo.

Claire se cruzó en el camino de Gabriel y le pellizcó el brazo: “Poeta, como con Elliot,
quería hablar conmigo” dijo guiñándole un ojo radiante de felicidad. Gabriel asintió con
una sonrisa cómplice. “Suerte” Respondió mientras volvía a concentrarse en “el intruso”
de su pequeña reserva de patio. A medio camino, un “Goliat” llegó al nuevo, que seguía
con su mirada sobre el libro mientras respondía a algo que le debía haber preguntado
el matón. Otro cruce de palabras y el joven del árbol estaba en pie, con sus dos cabezas
de menos con respecto al que había interrumpido su lectura, mostraba la palma de su
mano, conciliador, pero tajante. En ese instante, el libro del “David” llegó a los pies de
Gabriel.

“Dostoievski” leyó el joven neoyorquino en el lomo del tomo que había caído a sus
pies. Al dirigir de nuevo su mirada hacia la zona de conflicto, el nuevo ya estaba en
el suelo recibiendo golpes. Intentaba ponerse en pie, pero cuando parecía que lo iba a
conseguir, una patada o un puño daba en su costado. “Alguien tiene que hacer algo…”
pensó atropelladamente. Pero al ver los alrededores, sólo contempló como los demás
estudiantes sólo observaban curiosos la escena, algunos incluso reían, pero nadie,
ni siquiera los profesores, que por azares de ese curioso estilo que tenían de vigilar,
parecían mirar hacia otro lado. En apenas décimas de segundo, Gabriel experimentó
rabia y asco hacia los que compartían con él ese patio. Y a medias por vergüenza
propia, por compasión hacia el que iba perdiendo esa batalla y por lo que creía que
se debía hacer en esas situaciones, hizo lo que sólo unos pocos podían pensar en esos
momentos: “Cargar”.

Fue tal y como lo esperaba, un dolor que llegaba hasta el alma en su hombro, el
gigantón cayendo al suelo por el impacto y él cayendo en dirección opuesta, como
las clases de física: dos cuerpos chocando entre sí y saliendo a la misma velocidad en
direcciones opuestas. Sin embargo, su objetivo había sido cumplido, el que había estado
bajo su árbol pacíficamente, se había puesto en pie ya, y volvía a unirse a la pelea, en la
cual el abusón ya estaba de nuevo en pie preparándose para golpear al último llegado.
Pese a todo, ni ese golpe llegó ni la pelea duró tanto como esperaba todo el mundo,
pues el nuevo golpeó con una de sus deportivas la entrepierna del que había iniciado el
intercambio de golpes. Este, derrotado y dolorido, sólo pudo agregar una ultima acción
en la escena, caer a plomo al suelo agarrando su órgano preferido.

Gabriel observó al que había evitado que le lloviera un diluvio de golpes y le dedicó un
gesto de agradecimiento, igual que veía en su mirada algo que iba a medio camino entre

respeto y recelo. Tendió su mano el vencedor del combate y el nombre “Frank” surgió
de unos labios finos y sonrientes.

- Gabriel –se presentó el joven tras ponerse en pie. Ambos estaban manchados de
verdina, arena y magullados. Cuando iban a continuar hablando, unas manos robustas y
fuertes los tomaron por los cuellos de sus ropas.
- ¡Paige! Conmigo. Petrelly, respira hondo y mueve tus cojones a dirección, y tú, te
llames como te llames, ven también –rugió Stensland, profesor desde hacía más de
treinta años del centro educativo.
Jefatura de estudios. 13’15

- No sólo habéis coceado entre los dos a Peter, ¿si no que además os mofáis después?
–Jonson, jefe de estudios temporal, los observaba rojo de ira. Tras vociferar, renegaba
moviendo la cabeza de un lado a otro y dando largas zancadas a sus espaldas.
- Creía que este año darías menos guerra, Gabriel –agregó menos malhumorado
Eriksson, director del centro. El chico no sabía porqué, pero el director le había cogido
aprecio desde hacía ya varios meses- No obstante, aquí sobre la mesa tenemos una de
las alternativas a esta situación. Esos dos impresos son órdenes de expulsión temporal
del centro, las normas son claras con respecto a las peleas… pero Jonson ha tenido una
idea que evitaría esta mancha en vuestro historial… una vez más en tu caso, Paige.

La mirada de Jonson, que ahora se había posicionado a la derecha del director, en pie,
no podía esconder la satisfacción que en su interior habitaba. De hecho, fue él el que dio
la orden.

- Petrelly, pasa –el gigantón, con gesto fúnebre y andares de vaquero, avanzó poco a
poco hasta llegar junto al jefe de estudios- Pedidles disculpas, y no os mandamos tres
días a la calle.

Gabriel y Frank se miraron, sorprendidos y molestos por la irrupción de quien lo
había empezado todo. Iban a pedir disculpas sin ser los culpables originales del
asunto. Entonces, casi a la par, ambos tuvieron un gesto que lo decía todo… aunque lo
cimentaron con la palabra mágica que encendería la furia de Jonson.

- No.


Starbucks de la 84 con la 3.


- Llegué este verano aquí. Desde el Norte, Washington –Frank hablaba intentando
mover poco la mandíbula que aún le dolía. Sus ojos eran azul oscuro, y unos
lunares sonrosados coloreaban sus mejillas- Mi padre es informático, y hace poco
lo redestinaron aquí, para trabajar en una nueva sucursal que ahora parece estar
afianzándose en un nuevo sector de la industria… en fin… se podría decir que su vida
es un poco de aquí y allá… siempre donde lo manden a establecer la seguridad de un
sistema y la estructuración de la red interna, y demás chorradas que haga un informático
en un edificio… según él podría hacerlo a distancia, pero le tranquiliza hacerlo en
persona, viendo el lugar más allá de un plano… -como si hubiera caído en la cuenta de
algo olvidado, agregó, cambiando de tema- Por cierto, gracias por la ayuda… poco más
y me destroza.

- Nada… Tenía que tenerte en pie para poderte decir lo coñazo que es Dostoievski… -
dijo mientras dejaba sobre la mesa el maltrecho libro.
- ¡Pero qué dices! ¡Hereje! ¡Esto es literatura universal! –con el ceño fruncido, el nuevo
aliado observó su reloj y bufó- Oye, he de irme, quiero llegar antes de que avisen a
mi padre… Ten, mi número, pos si… por si necesitas que patee otras pelotas –dijo
anotando en una servilleta un número de móvil y suavizando la mueca- A más ver,
Braveheart –se despidió el muchacho mientras tomaba bajo el brazo una parka verde y
colgaba de su hombro una mochila.

Gabriel guardó el papel en su cartera y observó como se iba el recién conocido. Una
expulsión por tres días merecía la pena por conseguir un compañero en el patio. Y
mientras el último fleco de la parka desaparecía más allá del largo escaparate que
quedaba frente a él, no pudo evitar recordar la pelea como la lucha de dos guerreros
contra un bárbaro de mugriento aspecto.
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Re: Prólogo Gabriel Paige - Changeling

Mensaje  xXNeko-chanXx el Miér Ene 19, 2011 1:39 pm

Esta muy bien, pero...quiero mas.

Seguiras el relato ? Porque no creo que la historia se quede ahi tiene que ver algo mas seguro.
Venga chico te naimo a que cuelges algo mas^-^ y nos nos dejes a medias.

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Re: Prólogo Gabriel Paige - Changeling

Mensaje  Kvothe el Miér Ene 19, 2011 2:26 pm

El resto está en cierto cuaderno verde sin anillas de grapas Razz
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El texto que escribía Gabriel.

Mensaje  Kvothe el Vie Ene 21, 2011 2:19 pm

-Este texto nació antes que el personaje, y fue la inspiración para crear el prólogo Wink -

La Segunda Visión




Imagina que por un momento el mundo de Fantasía siguiera existiendo. Que un pájaro de los que picotean las migas de pan que hay en algunas plazas conservaran miles de historias. Que el joven que va con una moto sin silenciador pero con su casco, es uno de los muchos caballeros sin rey que pueblan ese fantástico mundo. El maestro que adoctrina a sus pupilos en la lengua o la filosofía en un instituto, no es más que un diplomático que muestra el camino a futuros oradores. El desastroso músico que ha parado en un bar a tomarse una cerveza, dejando en la funda su guitarra, no es más que un bardo de los que van de ciudad en ciudad, cantando y encontrando canciones. Los jóvenes que en la oscuridad de la noche se dan un último beso, no son más que dos amantes que viven una aventura imposible, y los dos hombres que, en la misma noche pero a muchas manzanas, se pelean, no son más que dos matarifes que se están ajustando las cuentas.



Un puente puede ser el refugio de un duende bromista, un gato, el perfecto familiar de una bruja. Una anciana, el pozo de historias y sabiduría que pocos son capaces de apreciar. Y tú, si puedes ver con esos ojos, serás un loco, pero si con un ojo miras el mundo real, y con otro oteas lo que podría ser, tendrás el poderoso don de imaginar. Serás un soñador más que encontrará cientos de historias donde jamás parecieron estar.


Sueña, hermano.


Y abre ese ojo a otras personas.
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Re: Prólogo Gabriel Paige - Changeling

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