RELATO:Caso Covington [ por KhuRro]

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RELATO:Caso Covington [ por KhuRro]

Mensaje  KhuRro el Dom Ene 30, 2011 4:27 pm

El caso Covington


Mi ocasional socio es un buen tipo. Fue Ranger, y gracias a los casos que me cede, por exceso de trabajo, mi negocio puede seguir a flote. En esta ocasión, sin embargo, todos mis instintos me gritan que le estampe un puño en la cara. El motivo es Covington. Covington y la señora Márquez. Al parecer, dicha señora estaba envuelta indirectamente en un caso de asesinatos en serie. Cinco mujeres habían sido asesinadas en distintos lugares, con un escenario similar. La señora Márquez no era ninguna de las víctimas, pero había avisado a la policía antes del quinto asesinato. Reuní mis enseres de trabajo y puse marcha en camino a aquel pequeño pueblo. En el cajón de mi vieja Chevrolet viajarían unas mantas y algunos metros de cuerda, como equipo permanente de viaje.


Llegando a Covington tuve el primer presentimiento de que aquello no sería un caso agradable ni fácil, y eso teniendo en cuenta que ningún caso de asesinato lo es. Al margen de la carretera una muchacha pedía auxilio. Viajaba con su marido y por algún motivo se habían salido de la carretera, impactando con un árbol. El hombre necesitaba asistencia, de modo que con la escasa ayuda de su mujer, le subí a la parte trasera de mi vehículo y los tres nos encaminamos hacia el hospital de Covington. Dicho hospital resultó ser apenas una enfermería, donde la doctora y su asistente, la enfermera Emily estaban saturadas de trabajo. Ese mismo día, un incidente ferroviario había desembocado en varios heridos y un muerto. En la enfermería el ambiente parecía sacado de una novela de terror. Dos cosas llamaron poderosamente mi atención. La primera fue la enfermera. Tenía un aire de agotamiento y estrés por el día de trabajo, que junto a su obvia inexperiencia conseguía hacer que uno sintiese ganas de echarle una mano… y no sólo para ayudarle. El otro objeto de mi inicial interés fueron también dos mujeres… Padre siempre me dijo que las mujeres y el alcohol disputarían una carrera para ver quién terminaba antes conmigo, y este día casi acertó. Las dos mujeres, una de ellas rondando los cincuenta, diría yo, y la otra algo más joven, eran sin duda parte de las persona accidentadas en el tren, y venían juntas, con la cara blanca por la impresión. No obstante, una vez llegadas a la enfermería, parecieron recordar algo simultáneamente y salieron de allí precipitadamente.

Puestas así las cosas, decidí centrar mi atención en la enfermera. No era la típica mujer fatal, ni la envolvía un halo de misterio, pero invitándola a comer podría matar dos pájaros de un tiro. Averiguaría cosas sobre el pueblo, y almorzaría con buenas vistas. La cafetería a la que me llevó parecía ser el único lugar del pueblo en el que se podía comer decentemente. Su plato estrella era la tarta de manzana, y al acercarnos a la barra, descubrí que vendían cerveza. Decidí tirar un poco la casa por la ventana, y pedí una jarra. En el tiempo que nos servían algo de comer, pude observar el entorno. Tres hombres tocaban una música a medio camino entre relajada y animada, soportando las mofas de dos tipos curiosos que bebían cerveza. Llevaban ambos cazadoras con una insignia en la espalda, y por el lema “hijos de la anarquía” supuse que serían moteros. En una mesa a un lado tomaban algo tres o cuatro lugareños, con mala cara y aspecto de leñadores o cazadores. Apoyadas en la mesa, sin ningún recato, tenían a mano sus escopetas de caza. El cuadro lo completaban dos negros, recluidos prácticamente en una esquina, delimitada en el suelo por una línea blanca.


Por la conversación con la enfermera Emily, pude constatar que efectivamente, Covington no sería elegida como la ciudad del siglo. Además de la enfermería y la cafetería, un hotel completaba la oferta turística del pueblo. Me lo recomendó si pensaba quedarme al menos una noche, pero también me dijo que era el único. Tras proponerle que me enseñara el pueblo al terminar su turno, acompañé a Emily a la enfermería de vuelta, con la secreta esperanza de animar un poco el día al anochecer. A la vuelta, las dos curiosas mujeres se encontraban de nuevo allí. La mujer mayor había sido herida en el altercado del tren, por un disparo en el hombro. Tras una breve charla, las dejé allí, dispuesto a visitar a la señora Márquez. También quería echar un ojo a algo curioso que había visto por el camino. En un poste de la luz, tallada en la madera, advertí la palabra “croatoan”. Aún no se qué pueda significar, pero ciertamente me llamó la atención. Parecía haber sido inscrita recientemente, ya que los trazos estaban limpios de porquería, y aún se advertían algunas astillas.

A la luz de los acontecimientos, quizás debí haberle dedicado más tiempo a este detalle, consultando en la biblioteca pública del lugar o preguntando a Emily, pero no fue posible. Proseguí mi camino hasta la vivienda de la señora Márquez, planteando mentalmente la entrevista, que desgraciadamente no llegó a tener lugar. Al llamar a la puerta, me atendió un hombre, que resultó ser su marido. Estaba nervioso y tenía prisa por desembarazarse de mí. Pude observarlo en sus gestos, y en la brusquedad con la que me respondió. Podía tratarse de simple aspereza ante los forasteros, pero había algo que no terminaba de encajarme. Si pude obtener al menos algo, pues su mujer volvería a casa al anochecer, de manera que me dispuse a esperar. Parece mentira que lo que mayor tiempo ocupa en el trabajo de un detective privado, sea precisamente eso, la espera. Inspeccioné por encima los alrededores de la casa, sin averiguar nada interesante o insólito, salvo quizás la ausencia de un perro. La casa parecía construida expresamente para tener un perro en el jardín.

Cuando terminaba mi segundo cigarro, esperando la vuelta de la señora Márquez, me sorprendió volver a ver a la muchacha nerviosa y la señora del disparo en el hombro. Era la tercera vez que nos cruzábamos, y mi sorpresa aumentó al constatar que venían a ver a la misma persona que yo. Ambas venían de Europa, según me contaron. La chica era irlandesa, y la mujer alemana. Era una curiosa combinación. Se habían conocido en las peculiares circunstancias del incidente ferroviario. Estaba explicándoles que no se encontraba en casa, cuando escuchamos un grito en el interior de la vivienda. Un grito de mujer. Rápidamente me dirigí a la puerta, en un principio con intención de volver a llamar para ofrecer mi ayuda de ser necesaria. Sin embargo, al aplicar el oído a la hoja de madera de la puerta, pude escuchar un golpe sordo, desagradable. También recordé que la señora se suponía que no estaba en el interior de la casa. En ocasiones, la acción rápida y sin reflexión, es imprescindible, y aquella puerta no parecía muy resistente, de modo que la derribé, con el arma presta bajo el brazo izquierdo. Todo parecía tranquilo y correcto en el pasillo. Demasiado. Al acceder al salón comprendí por qué. La señora Márquez se encontraba atada en una silla, atada y amordazada, con una expresión aterrorizada en el rostro. El hombre que me había abierto la puerta en la tarde, sostenía un cuchillo, con el que acababa de practicar un corte en el brazo de su esposa. Por un instante, pude ver, no entiendo cómo, que el hombre también se había practicado un corte similar. Junto a ellos, con aire nervioso, se encontraba lo que supuse sería el hijo de ambos, que no podría tener más de doce o trece años. Sin dudar, apunté al hombre con el revólver, ordenándole que tirase el cuchillo, mas cuál no sería mi sorpresa al ver cómo se abalanzaba sobre mí, que erré el disparo.

Ahora recuerdo la situación como si transcurriese muy lentamente, como si el tiempo se hubiese detenido, pero lo cierto es que ocurrió muy deprisa. A mi espalda notaba el rumor de pasos, que más tarde pude confirmar que se trataba de la mujer del disparo en el hombro. El hombre volaba por los aires, cuchillo en mano, sin duda dispuesto a acuchillarme hasta la muerte. Y el crío… el crío se lanzó también sobre mi, poseído por alguna especie de rabia furibunda. El segundo disparo dio en el blanco y mi agresor cayó al suelo, muerto en el acto, pero el muchacho se aferró a mi brazo, presto a morderme para que soltara el arma. Sin ninguna intención de matarle, intenté golpearle en la cabeza para aturdirle y que me soltara, pero contemplé horrorizado como persistía sin inmutarse, mordiéndome y sufriendo golpes que habrían matado a un hombre adulto. La mujer que hablaba con acento alemán me instaba a dejar en paz al chico, pero sólo la escuchaba a medias, bloqueado como me encontraba por lo extraño de la situación. Finalmente el chico cedió, con el cráneo prácticamente destrozado. No es algo de lo que me enorgullezca, pero tras lo ocurrido, no dudo en afirmar que ese muchacho me habría matado en caso contrario. No recuerdo muy bien cómo sucedió, pero de repente, la señora Márquez estaba encima del crío, intentando impedir que yo le siguiera golpeando, sacudida por el shock de ver a su marido muerto de un tiro en el suelo. Tras una breve discusión cedí a la petición de mi eventual compañera para llevar al chico a la enfermería.

Al llegar allí, con no poca urgencia, conseguí que atendieran al muchacho. Emily parecía agotada por el día de arduo trabajo. No todos los días había accidentes de tráfico, asesinatos en un tren y chicos rabiosos. No al menos en Covington. Es quizás en este punto donde todo se volvió del revés, donde las cosas dejaron de tener el sentido usual que tienen. Durante la espera, tras la que Emily me comunicó que el chico había muerto, la mujer del hombro herido entró en la estancia, sacudida por el impacto de lo que había visto. Nos relató como intentó acompañar a la señora Márquez a la enfermería, para que la atendieran, tanto del impacto psicológico de lo sucedido, como del corte en el brazo. Otra mujer le echó una mano por el camino, pero aún así, no podían trasladarla. Entre sollozos y ataques de hipo, con su acento alemán, nos contó como un negro enorme, al que pidieron ayuda, mató a sangre fría con una escopeta, tanto a la señora Márquez como a la otra mujer que les ayudaba. Aún agitada por el suceso, nos preguntó por la chica irlandesa, pues no sabía nada de ella desde que entramos a la casa de los Márquez. Había ido a avisar a la policía y no había vuelto.

Y las cosas seguían amenazando con destrozar mi cordura. Justo cuando tratábamos ese tema, la chica aparece en la puerta, con un abultado chichón en la frente y muy desorientada. En ese punto, las dos mujeres estaban bastante nerviosas y asustadas. Emily, agotada, volvió a sus quehaceres, que incluían informar a la doctora. TODO pasaba por la doctora en ese maldito pueblo. Tras más discusiones sin sentido, decidimos marcharnos del pueblo, al menos para pasar la noche fuera de él, y quizás volver al amanecer. Yo no pensaba dejar aquello así. Había matado dos veces en el día, y aunque fue en defensa propia, no dejaría que fuese por nada. Cuando pensaba que las cosas se tranquilizaban un poco, todo volvió a acelerarse. La astrónoma (eso me había comentado que hacía, por el camino) alemana chilló al ver en mitad de la calle, al hombre negro que les había disparado, con su escopeta. Con dichos antecedentes, y a la vista de lo que ocurría, pise a fondo el acelerador y agaché la cabeza para atropellarle. No dudaba que ese hombre iba a disparar su escopeta. Y en efecto, lo habría hecho, de haberle dado tiempo. Rodó por encima de la camioneta, agrietando el cristal en el proceso, y sin dar crédito a lo que veían mis ojos, observé por el retrovisor que se levantaba del suelo, aparentemente ileso. Para colmo de sorpresas, a los pocos instantes, nos pasaron a toda velocidad los dos moteros que había visto en la cafetería. Quizás fue la adrenalina, la presión o simple suerte, pero pude ver rastros de sangre en la cazadora de uno de ellos. Sin más dilación enfilé el camino hacia la salida del pueblo, que era la misma dirección que llevaban ellos. De nuevo nuestras intenciones se frustraron, pues el camino estaba cortado por cazadores, del tipo que habíamos visto también en la cafetería. Los tipos de las motos dieron media vuelta en el acto, haciendo derrapar las ruedas en el asfalto. Dudo mucho que mi vieja chevrolet fuese capaz de tal prodigio cuando la adquirí… mucho menos iba a conseguirlo tras los años de uso. Tras una maniobra lenta y torpe, en la que nos dispararon y la joven irlandesa fue herida por los perdigones, conseguí alejarnos de allí.

Ambas mujeres estaban ya en el límite de la histeria, casi suplicándome que nos fuéramos de aquel pueblo, sin duda maldito. Sin embargo, mi instinto me decía que era absurdo bloquear sólo una salida, cuando había dos. Tras una breve deliberación, sin dejar de circular por las calles, acordamos ir al hotel que me había aconsejado Emily. De entre todo aquel caos, me parecía la única persona que también se escandalizaba con todo lo que ocurría. Sin duda… mi padre tenía razón. Las mujeres producen un efecto nefasto en mi persona. Desde el hotel, en el que parecíamos ser los únicos clientes, la llamé a la enfermería para que viniese a atender la herida de perdigones, y a mi socio el Ranger, al que debía en última instancia, toda esta mierda. Su consejo fue claro y conciso: “márchate de allí ahora mismo, aunque sea en un bote de pesca”. Pese a mis reservas, fue lo que terminamos por intentar. Lo siguiente quebró incluso mi natural obsesión por desentrañar misterios. Emily llegó al hotel, y la descubrí siendo atacada por el dueño del mismo, un hombre gordo y con aspecto de sobrevivir de milagro al asma. No entraré en detalles al respecto… pero al terminar el día, fueron cuatro y no dos, las personas que tuve que matar. Y curiosamente, todas parecían volverse locas tras recibir un mordisco, como en los cuentos medievales de vampiros u hombres lobo.

Las dos mujeres pudieron descansar, la chica tras una cura de emergencia practicada por la señora alemana. Yo pasé la noche en vela, sin fiarme ya de nada, vigilando que nadie asaltara el motel durante la noche. Por una vez la suerte me sonrió, y nada ocurrió hasta el amanecer. Con prisas, y sin preocuparnos mucho de nada, abandonamos el lugar. Intentaríamos primero salir en coche del pueblo, y si seguía cortado el acceso, intentaríamos apropiarnos de un bote de pesca, pero no fue necesario. Los cazadores ya no ocupaban la carretera. Es más… el pueblo parecía abandonado, carente de toda vida o actividad. Puertas abiertas de par en par, nadie paseando al perro, ningún quisco de prensa abierto. Incluso la cafetería o la enfermería parecían desiertas. Me hubiese gustado investigar a fondo ese asunto… pero para ser sincero, el agotamiento y el miedo habían sobrepasado en mucho a mi voluntad…


He pensado en lo ocurrido durante ese día, ahora que estoy de vuelta en mi oficina… Ambas mujeres se conocieron en el tren, y ambas tenían algún vínculo con un tal padre O’Brian. Este hombre al parecer, investigaba algo relacionado con el pueblo, y advirtió sobre turbios asuntos a la señora Márquez antes de abandonar el lugar, años atrás, y tomar los hábitos. La astrónoma alemana, sin saber muy bien por qué, obtuvo unos papeles de uno de los fallecidos en el tren, que resultó ser otro detective, o quizás un policía, investigando los mismos crímenes que yo. Esos papeles me serán de gran ayuda, ahora que reposan en mi escritorio. Y los tres coincidimos, justo ese día, en un pequeño pueblo llamado Covington. Algo me dice que volveremos a vernos envueltos en oscuros trámites. Parece un chiste malo… la irlandesa, la alemana y el cajún…
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Re: RELATO:Caso Covington [ por KhuRro]

Mensaje  KhuRro el Lun Feb 14, 2011 4:58 pm


La fecha era el 3 de Noviembre. Ese fue el día en que mi vida se fue al infierno. Esto no quiere decir que falleciese, sino más bien que todo fue revuelto y trastocado de arriba abajo. Ser un investigador privado en Nueva Orleáns es duro. Siniestro a veces. Pero como todo en esta vida, tiene sus normas y leyes. Y así era hasta ese 3 de Noviembre, en el que todo cambió. Incluso el caso Covington parecía una tontería, apenas un pie de página, en comparación con lo que se desveló en la casucha al margen de la capilla de los Santos Inocentes ese día. El propio Covington está relacionado con el asunto. Todo lo acontecido en el pueblo no parece ahora, mirando hacia atrás, sino un oscuro y aterrador preludio de algo más grande.

Ambas mujeres, irlandesa una, alemana la otra, estaban relacionadas entre si. Rachel Stewart se dirigía a Nueva Orleáns para trabajar junto al Padre O’Brian, para perfeccionar o completar de algún modo sus estudios sobre historia. La Sra. Austerwitz buscaba al mismo hombre por motivos personales, pues al parecer su fallecido esposo había participado en ciertas investigaciones junto al mencionado padre. Conocí a las dos en Covington, y por fortuna o desgracia, Dios dirá, la estancia de ambas en mi ciudad me posibilita conocerlas mejor.

Me considero una persona poco recomendable para cualquier ser humano respetable, e incluso para aquellos que no son respetables en modo alguno. Sin embargo, por lo que he podido averiguar, no soy una excepción, ni el pero de todos, en modo alguno. Si el padre O’Brian no es uno de esos religiosos que encuentra la fe en el fondo de una botella de licor, Rachel es un demonio. O lo será llegado el momento. El general de las legiones infernales que llevarán a cabo el Apocalipsis. La buena noticia es que ella niega serlo, o cualquier aspiración a ello. La Sra. Austerwitz, astrónoma y escéptica en cuanto a todo lo que no haya sido medido y mesurado en un laboratorio, ha hecho un pacto con el diablo, para traer de vuelta a su fallecido esposo. Y en efecto, lo que era un cadáver, ahora es el Sr. Austerwitz, resucitado en honor a dicho pacto.

Necesito organizar mis ideas. Acabo de leer el párrafo anterior, y podría servir como invitación con todos los gastos pagados al asilo de Arkham (el lugar por cierto, donde está recluida la madre de Rachel). El 3 de Noviembre, como digo, empezó este total desastre. Acompañé a la astrónoma a visitar al padre O’Brian, para esclarecer en la medida de lo posible, los cabos sueltos y turbios de nuestro reciente periplo por Covington. Ella ya había hablado con él, y éste le había recomendado visitar un antro cercano a los pantanos, apenas en las afueras de la ciudad. El Gallo es su nombre. Lo frecuentan negros y blanco con pocos escrúpulos y ganas de juerga. Allí no existe la ley seca. Buena música, diversión… y muchas sombras. Yo mismo lo he visitado un par de veces. La acompañé al lugar, no sin antes advertirle de lo que podría esperar allí. Según me dijo, el padre la había enviado allí para que viera algo, y se empapara de las costumbres locales. Secretamente, opino que quería “curarla” de su escepticismo endémico. Y creo que lo hizo, aunque la propia Sra. Austerwitz no quiera reconocerlo aún. Los lugareños del Gallo le relataron una historia sobre un vecino con una ambición. Tocar la guitarra como los dioses. Según ellos, lo consiguió, al precio de su alma. En el cruce junto al que descansa la covacha en la que beben, dicen que suele haber una caja enterrada. Nadie sabe quién la pone, o qué ocurre cuando la desentierran para que vuelva a haber otra, pero el hecho es que siempre hay una. Si se encuentra, y uno coloca en su interior un objeto personal, el diablo en persona te visita, y te promete algo que desees. Luego él se cobra su precio. La escéptica alemana pensó que era una broma de mal gusto de los negros aburridos del Gallo, y le siguió el juego al vagabundo que le abordó. A la mañana siguiente, su difunto marido despertó junto a ella, en la cama del motel donde se alojaba.

Mientras ella soportaba lo que creía una broma pesada, en el cruce de los cuatro caminos, yo pude mantener una conversación interesante con tres tipos a los que no esperaba encontrar en aquel tugurio. No los conocía personalmente, pero sus cazadoras eran lo suficientemente reveladoras. Hijos de la Anarquía. Tres miembros de la banda de moteros más perseguida del país. La conversación estuvo envuelta en todo momento en las dudas del “qué sabrá”, del mismo modo que una partida de póker envuelta en humo y whisky. No saqué gran cosa de ellos, salvo que el más joven no estaba dotado para el disimulo, y que el mayor era una persona a la que se podían pedir favores (como ocuparse del sobrino idiota de un amigo). También era bastante cauteloso. No soltó prenda, y no la soltaría hasta que no tuviese el permiso del padre O’Brian. Él fue quien nos informó sobre las verdaderas actividades que llevaban a cabo los Hijos de la Anarquía. Según él, se trata de una organización secreta, cuya función es servir de medio de comunicación y financiación para una extensa red de “cazadores”. Cazadores de Demonios. Si no hubiese visto lo que he visto, en ese momento habría soltado una carcajada y habría archivado todo el caso. Pero también estaba lo de Tig. Mi amigo Tig, que en paz descanse…


Rachel Stewart se recuperaba de su accidentado viaje en el hospital al que la llevamos el día anterior. Y vaya que si se recuperó. Actualmente la busca la policía por el asesinato de un celador. Y ella no lo niega, aunque sus palabras al conocer de ello, fueron “¡Ah! ¡Entonces no fue un sueño!”. Lo cierto es que parecía asustada por todo lo que estaba ocurriendo, y afirmaba haber “soñado” cómo devoraba a un hombre, a un enfermero, y cómo abandonaba el hospital tras recuperar sus ropas, en apariencia intacta, sin rastro de heridas por bala o contusiones provocadas por golpes y frenazos bruscos en una camioneta. Ah, mi vieja chevrolet… espero que la dejen a punto en breve. La Srta. Stewart llegó a la residencia del padre O’Brian, asustada e intrigada por lo sucedido, y sin embargo éste, lejos de precipitarse, la puso a estudiar sobre la muerte del Sr. Colt, el inventor del revólver del mismo nombre. El hombre cuyos restos mortales yacían en el sótano del padre.

En mi cabeza todo parece demasiado revuelto para organizarlo coherentemente. No recuerdo con exactitud cuándo o cómo, pero el padre O’Brian resultó ser uno de estos cazadores de demonios. En su juventud fue uno de los Hijos de la Anarquía, y hasta hace unos años, cazó demonios. Luego dijo haber encontrado la fe. Tig sospechaba de él. Estaba considerando la posibilidad de que estuviese implicado en los asesinatos de las cinco mujeres… seis ahora, con la Sra. Márquez. Para ser veraces, Tig no sospechaba una mierda. Tig hace meses que no es mi amigo y contacto. Estaba siendo suplantado, o poseído, no se exactamente qué cosa, por un maldito demonio de ojos rojos. Ahora ni siquiera eso. Hace unas horas le enterré, tras descerrajarle un disparo en la frente. Espero que él hubiese preferido la muerte a ser la marioneta de un demonio. Y si no… debería haber tenido más voluntad. Le debo un trago allá donde esté. Cuidó bien de Champ.

Por ridículo que parezca, hasta aquí las cosas no son muy raras. Empeoraron cuando nos reunimos los tres en casa del padre. El resucitado esposo de la Sra. Austerwitz no pudo traspasar el umbral de la casa. Y eso, según el padre, significaba que estaba bajo el influjo de un demonio. Tras muchas preguntas y sorpresas, le practicó un exorcismo, obligándole a abandonar el cuerpo, so pena de ser destruido, antes de que éste concluyese. Entre las cosas que se pusieron en común, salió a la luz la posibilidad de que Tig también estuviese en la misma situación que ese hombre, aunque a causa de otra entidad. Ese mismo día, al llegar a casa, me la había encontrado revuelta, como si alguien buscase algo importante. En el interior estaba Tig, y decía haber llegado minutos antes, encontrando el destrozo. Sin embargo, algo en él no parecía andar bien. No sabía el qué, pero algo no me cuadraba. Además se mostró impaciente por marcharse y me dejó una buena cantidad de dinero “por las molestias”. Tras realizar un pequeño registro en la oficina, una vez se hubo marchado, comprobé que no faltaba nada. Al contrario, había algo que antes no estaba. Azufre. En el marco de una ventana, en la cara interna. De nuevo según el padre O’Brian, eso significa que un demonio incorpóreo ha entrado en mi oficina, y ese azufre, es el rastro que deja al atravesar un objeto sólido.


El padre O'Brian

Volviendo al hogar del padre, y con estos datos en la mano, decidí tender una emboscada a Tig, estuviese poseído o no. Mordió el cebo. Demasiado pronto y sin poner problemas, para mi gusto. Le hice creer que sus sospechas eran acertadas acerca de O’Brian, que se había encerrado en el sótano, armado y con un rehén, para que acudiese en mi ayuda rápidamente. No había tiempo para policía. En un caso u otro, al venir, engañado o no, resolvería la duda sobre su situación. Efectivamente, el padre tenía razón, y Tig estaba poseído. No creería nada de toda esta mierda, a menos que la hubiese visto en persona, como ha ocurrido. El demonio se mostró, y no negó nada de lo dicho. Nos dio más pruebas de ello, al llamar de algún modo a una ingente cantidad de personas que rodearon la casa. Personas y una niebla tan intensa y espesa como dicen que es la de Londres. Me recordaron, por sus ropas, armas y aspecto somnoliento, a los cazadores de Covington que nos habían cortado la huída. Entonces fue cuando le disparé a la cabeza al demonio… o a Tig…

Cuando un demonio posee un cuerpo humano, éste es invulnerable a casi cualquier daño… pero cuando lo abandona, el cuerpo recibe de golpe todo lo que le hubiese acontecido durante la posesión. Yo disparé al demonio, pero fue Tig a quien enterré en el cementerio junto a la capilla. También averiguamos cosas sobre los demonios, en general. Al parecer siguen una estricta jerarquía, hasta tal punto que prefieren padecer dolor o la destrucción total, antes que someterse al castigo ejercido por un superior, en caso de fracaso. También se reparten las tareas. Al menos eso entendí. Hay un tipo específico, como el que poseía al esposo de la Sra. Austerwitz, que se encargan de cerrar los pactos. Son… una especie de “contables de almas”.

Al menos, el caso de los asesinatos está parcialmente resuelto. Digo parcialmente porque no tengo un culpable, aunque si un motivo y los medios necesarios. El demonio que poseía a Tig nos contó sobre un pacto realizado años atrás, por varias mujeres. Todas pedían algo, y a todas pidió lo mismo el demonio. Sus hijos e hijas. La madre de Rachel parece estar en el sanatorio mental debido a ello. No tuvo el valor para hacer nada cuando un demonio se llevó a su retoño, Rachel. Y eso la volvió loca de remate. Si lo relatado es cierto, el padre de Rachel es un demonio, y la engendró para liderar a las tropas infernales en el día del Apocalipsis.

Ajeno a ello, el padre O’Brian le ha encargado encontrar un artefacto muy importante. Se trata de un arma fabricada por el Sr. Colt. Si, él también era un cazador, y el arma en cuestión, se dice que podía matar a un demonio de un solo disparo. Sin necesidad de exorcismo ni precauciones, más allá de apuntar bien. Existen indicios para pensar que este arma esté escondida en algún lugar del trazado ferroviario con el que Colt tuvo que ver durante su construcción. Esto reduce las posibilidades a… casi la mitad de las líneas ferroviarias de EEUU. Es evidente que necesitamos más datos, pero lo cierto es que la obtención de ese objeto puede significar en último término la diferencia entre… bueno, supongo que entre victoria o derrota. Y nunca me gustó perder. Espero que Rachel localice ese arma antes de convertirse en un demonio.

El padre O’Brian dice estar ya demasiado mayor para esta vida. Sólo le queda algo por hacer, en su opinión, y es acabar con este demonio en concreto. Algo en él, en su forma de actuar, me dice que haría cualquier cosa por acabar con él. Quizás tenga un pacto al que dar cumplimiento. De todos modos, creo que me sentaría bien una de esas cazadoras de los Hijos de la Anarquía…

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